Derecho a envejecer

No me concedo el derecho de abandonarme a la edad, porque la edad en realidad no existe, no existe ni siquiera el tiempo. Pero sobre todo porque la edad, si es edad, comprende que no tiene ningún derecho sobre nada o nadie y como tal no puede abandonar lo que nunca pudo poseer.

He visto niños nacer con cargas de siglos, y en mi experiencia con el trabajo infantil he comprendido que nadie nace inocente. Además hay una predisposición a dejarse influenciar por las emociones del entorno o lo contrario, exite a veces una rebeldia ya de base.

Pero si hay una experiencia vital que me lleva a no hacer trágico lo ordinario, y no hacer de lo ordinario una rutina de pesadez y a eso no quiero renunciar. La situación actual aparentemente no da para muchas alegrias, pero creo firmemente que todas estas circunstancias van a cambiar. En esta vida he vivido momento de ofuscación, donde creíamos que simplemente por estar afectados fuertemente en el sacral por pasiones varias podíamos cambiar el mundo, y como diría Gil de Biezman, reconozco esa estupidez de la juventud de intentar llevar la vida por delante, como si fuese un hecho gobernable. Lo hemos vivido personal y generacionalmente.

Hoy en dia se que los movimientos son de ida y vuelta, todo se mueve como bumerang, ahora parece que todo lo generado en cien años estará maltrecho en nada, y si es cierto que los tristes personajes que nos gobieranan, desde Trump a Merkel y desde ella a Macrón pueden hacer daño porque no parecen portadores de buenas ideas para el bien común, pero pensar que nos quedaremos en esto es no reconocer el alma en las personas. Y tampoco la mente, que siempre decide cuando reconoce lo que no le conviene, y lo hace formulando el “de ésto más no” pues le resulta más sencillo que ir hacia delante.

Aunque todo parece estar oscuro a día de hoy, detrás esta la luz esperando a ser reconocida y esa da mucho más miedo en la veteranía, porque en ella se fraguan los grandes desastres que nos llevan a épocas en Invernalia.

Pero los niños que están naciendo desde hace dos décadas serán la clave, una clave inexorable porque ellos conocen las coordenadas reales por donde pueden y deben moverse, y no seguirán los viejos patrones caducos de conducta que intentemos trasmitirles.

Hay algo que hacer y para empezar lo principal es reconcer al otro es sus necesidades como alguien familiar a mi, porque por destino eligió este planeta y no otro para experimentarse. Y además eligió este tiempo de reconocimiento. Lo que quiere decir que igual que yo bebió en las fuentes de los registros de las necesidades con las que nos ibamos a enfrentar, y todos sabíamos lo que se esperaba de nosotros. Es mas allí donde pudimos elegir pensábamos que hacer los cambios necesarios sería fácil. Algunos pudimos recordarlo. Poco a poco nos hemos ido dando cuenta de las dificultades y esto nos hace definitivamente hijos de la tierra.

Es cierto que estamos en tiempo de gobiernos enfermos de refugiados en todos los continentes, de terrorismo inventado para hacernos esclavos en vez de ciudadanos de primer orden, pero nada ni nadie parará al hombre con alambradas ni muros, y al final nos tendremos que arremangar para participar solidariamente en la construcción de una nueva cultura basada en los recurso inagotables que están delante de nosotros de luz o calor, y tendremos que poner todo de nuestra parte para repoblar nuevamente un planeta que hemos esquilmado entre todos. Y nadie podrá tapar lo alcanzado por el alma humana hasta aquí. Las personas hemos crecido en nuestra comprensión del lugar que nos corresponde en el Universo y no sentimos como verdad los derechos de exclusividad que algunos tratan de imponer mediante la usura y la violencia.

La enfermedad esta presente y como tal lo que nos queda es tratarla adecuadamente con los recursos sanadores necesarios y eso se hará.

Esta confianza que me ha dado la edad no quiero perderla, porque es mi tesoro, aquello para lo que he nacido, para darme cuenta de que soy uno más en el tiempo de despertar y estaré dispuesta para servir alli donde sienta que puedo dar lo mejor de mi. Como eso no es una especulación, ni un falso sueño ni siquiera una necesidad inventada para negarme al paso incuestionable de las edades, es por ello que se que tentré esa oportunidad y la viviré como lo que es: “Un regalo por nacimiento”.

Y al final se cumplirá lo que uno de mis poemas favoritos decía: “He visto y he creido”.

¡Que gran cosa la edad, porque nos aparta inevitablemente de las estupideces del querer ser, para valorar lo que en ralidad somos: “Almas”!

Sobre todo, que gran cosa la edad, cuando se ha logrado no vivir a ciegas conservando la rebeldía. Rebeldía intacta, que me hace vencedora frente al desánimo, pero sobre todo la que puedo reconocer en almas sabias de experiencias trascendidas, listas para ser donadas como referencia, con toda su carga de esperanza, fé, valentía y certidumbre.

Certeza, que por sabia, no negará la incertidumbre necesaria en la busqueda de nuevos horizontes donde reposar.